En términos generales, innovar es conseguir un fin a través
del conocimiento, siguiendo un camino que no se había seguido previamente. A
pesar de tan elevada definición, innovar no es algo que constituya un gran
mérito personal ya que es algo que todo el mundo realiza a diario, aunque sea a
bajo nivel.
Por otra parte, al contrario que otras muchas cosas, la
innovación nunca llega a su fin. Es un camino desconocido que nos lleva a
una meta, y que una vez descubierto y recorrido lleva a otros caminos
desconocidos. A veces no se llega a la meta prevista: el camino no llevaba a
dónde se esperaba. Y en este caso la solución es, para variar, más innovación. La
innovación también es futuro, porque por definición aborda escenarios
futuros (¿qué quiero conseguir y cómo lo voy a hacer?).
Pero la innovación tiene un coste, no es gratis. El
coste no sólo es económico, sino también de gestión. Y no resulta sencillo ni
barato gestionar algo tan caótico como la innovación, cuyos resultados son
imprevisibles. A pesar de esto, el coste de hacer innovación siempre es
inferior al coste de no hacerla (en término de costes futuros o ganancias que
no se tendrán).
En definitiva: innovar es una actitud, una creencia de que
para mejorar la situación actual hay que hacer algo diferente y de que el
futuro puede ser mejor que el presente.











